«No sabía adónde me llevaba cada paso. Pero cada paso era necesario.»
Esta es la segunda publicación de una serie de 21 posts donde comparto lo que he aprendido en más de una década como emprendedor. Hoy te hablo de dos proyectos que no funcionaron — y de por qué sin ellos no habría llegado a donde estoy.
Hay una cosa que nadie te dice cuando emprendes: que no puedes ver el camino completo desde el principio. Solo puedes ver el paso que tienes delante. Y muchas veces ese paso parece que no lleva a ningún lado.
Pero lleva. Siempre lleva a algún sitio.
Te voy a contar dos proyectos que, sobre el papel, fueron un fracaso. Girweb y Cosmeticdiet. Dos nombres que poca gente recuerda. Dos dominios que ya no existen. Y dos de las mejores escuelas que he tenido como emprendedor.

Girweb
Girweb nació de una idea sencilla: yo sabía hacer webs, tenía dos cuñados con ganas de hacer cosas, y pensamos que juntos podíamos montar algo. Sin oficina, sin inversión, sin grandes pretensiones. Solo tres personas con un ordenador y buena voluntad.
Empezamos a hacer webs. Una al mes, más o menos. Familiares, conocidos, algún que otro contacto. Mi primo Juanjo fue uno de los primeros clientes. Le hice la web. Él me recomendó a alguien. Ese alguien me recomendó a otro. Así funcionaba.
¿Y el negocio? Pues ahí estaba el problema.
El máximo que cobrábamos era 600 euros por web. Dividido entre tres personas. Con reuniones para organizarse, para sincronizarse, para decidir quién hacía qué. Si le pones precio a ese tiempo, el resultado era cercano a cero. No era un negocio — era un hobby con factura.
Lo fui viendo poco a poco. Una web al mes entre tres no da para vivir. No da ni para justificar el esfuerzo. Y cuando lo ves con claridad, toca tomar una decisión: o escalas o lo dejas. Nosotros lo dejamos.
Pero lo que me llevé no tiene precio. Aprendí a hacer webs de verdad. Y hacer webs de verdad no es instalar WordPress y poner una plantilla bonita. Es entender qué necesita el negocio del cliente, cómo se estructura la información, cómo se escribe para que alguien quiera quedarse, cómo se conecta todo para que funcione. Hay mucho más detrás de lo que parece desde fuera.
También aprendí a trabajar con socios. Aprendí que tener buena voluntad no es suficiente para que un negocio funcione. Y aprendí que un modelo en el que los ingresos no cubren el tiempo invertido no es sostenible, por mucho que te guste lo que haces.
Eso no lo enseña ningún curso. Lo enseña la experiencia.

Cosmeticdiet
El segundo proyecto se llamaba Cosmeticdiet. Y este tenía más ambición.
Fue gracias a Girweb que llegué a David — le había hecho la web de su empresa de equipos de estética, y le funcionaba bien. Cada mes le llegaban consultas de clientes interesados en equipos que costaban miles de euros. Para él, una sola venta lo justificaba todo.
David tenía contactos. Uno de ellos era Xavier. Y entre los tres decidimos montar Cosmeticdiet — una plataforma para ofrecer cremas y productos a centros de estética. Yo puse el trabajo: construí la web, depuré la base de datos, preparé los envíos de email, gestioné las redes sociales.
El problema era que nadie había definido bien el modelo de negocio. ¿Cómo íbamos a ganar dinero exactamente? ¿Quién iba a vender? ¿Cómo íbamos a crecer? Esas preguntas nunca tuvieron una respuesta clara. Y cuando no hay claridad en el modelo, el trabajo más duro lo acaba haciendo quien más se implica.
Meses de trabajo. La web, los contenidos, las bases de datos, los mails. Todo por mi parte. Y cuando los ingresos no llegaron, el proyecto se fue apagando solo. Sin una reunión de cierre, sin un acuerdo formal. Simplemente dejó de existir.
¿Lo recuperé económicamente? No. ¿Aprendí? Más de lo que imaginaba.
Aprendí que cuando alguien no tiene claro el modelo de negocio, se alía con cualquiera. Aprendí que el trabajo bien hecho sin ingresos no construye nada. Y aprendí algo que me ha acompañado desde entonces: antes de poner un solo minuto de trabajo en un proyecto, hay que tener claro cómo va a generar dinero y quién va a hacer qué.

El camino que no podías ver
Ahora, con perspectiva, veo algo que entonces no podía ver.
Sin Girweb no habría aprendido a hacer webs. Sin saber hacer webs no habría llegado a David. Sin David no habría conocido el mundo de la estética. Y sin conocer el mundo de la estética nunca habría cogido el centro que lleva funcionando más de once años.
Cada proyecto fallido fue un peldaño. No lo parecía en el momento. Dolía. Costaba tiempo, energía y algún que otro disgusto. Pero estaba construyendo algo — aunque yo no supiera todavía qué era.
Eso es lo que más me cuesta explicar a alguien que está empezando y que ve cómo su primer proyecto no despega: que el fracaso no es el final del camino. Es parte del camino. A veces es el camino.
No puedes ver desde el principio adónde te va a llevar cada decisión. Solo puedes dar el siguiente paso con lo que sabes en ese momento, aprender de lo que pasa, y seguir adelante. El camino se construye caminando.
En el próximo post te cuento qué pasó cuando por fin cogí ese centro de estética — y lo que nadie me advirtió antes de firmar.

7 preguntas sobre fracaso y aprendizaje
¿Un proyecto fallido significa que has fracasado como emprendedor? No. Significa que has aprendido algo que no podías aprender de otra forma. La mayoría de emprendedores con recorrido tienen varios proyectos fallidos detrás. Lo que marca la diferencia es lo que haces con ese aprendizaje.
¿Cuándo tiene sentido cerrar un proyecto y cuándo seguir? Cuando el tiempo que inviertes no tiene ninguna posibilidad real de generar retorno — ni económico ni en aprendizaje — es momento de cerrar. Insistir por orgullo o por miedo a admitir que no funciona suele costar más caro que parar a tiempo.
¿Es buena idea emprender con familia o amigos? Puedes hacerlo, pero tienes que ser mucho más cuidadoso, íntegro y asertivo que con cualquier otro socio. Sobre todo con la familia, porque a tu socio de negocios puedes no volver a verlo. A tu familia la vas a ver toda la vida. Lo que no se habla claro desde el principio acaba afectando a algo más que al negocio.
¿Qué es lo primero que hay que tener claro antes de lanzar un proyecto? El modelo de negocio. Cómo va a entrar el dinero, quién va a vender, y qué tiene que pasar para que sea sostenible. Una buena herramienta para ordenarlo todo es el Business Model Canvas de Osterwalder — te obliga a pensar en los nueve bloques clave de cualquier negocio. Como mínimo, hazte un DAFO antes de dar el primer paso.
¿Cómo se sabe si un proyecto tiene futuro o es mejor dejarlo? Hazte una pregunta simple: si siguieras exactamente igual durante un año más, ¿dónde estarías? Si la respuesta no te convence, algo tiene que cambiar — el modelo, el equipo, el enfoque, o el proyecto entero.
¿Se puede recuperar el tiempo y el dinero invertido en un proyecto fallido? El dinero, a veces no. El tiempo, nunca. Pero el aprendizaje que te llevas sí tiene valor real — si lo aplicas. Un proyecto fallido del que no extraes ninguna lección es tiempo perdido. Uno del que aprendes es una inversión.
¿Cómo explicar un proyecto fallido en una conversación con un cliente o inversor? Con honestidad y con la lección aprendida. «Monté este proyecto, no funcionó por estas razones, y esto es lo que cambiaría.» Eso dice mucho más de una persona que una trayectoria sin ningún tropiezo. Los fracasos bien explicados generan confianza.
¿Tienes un proyecto fallido que en realidad te llevó a algo mejor? Cuéntamelo en los comentarios — me interesa saber.






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